Crítica a Le dedico mi silencio de Vargas Llosa


Vayamos directo al asunto. Les dedico mi silencio trata sobre los sueños de gloria, el esplendor y la caída en desgracia de Toño Aspilcueta, un estudioso de la música criolla que vive al margen del mundillo académico limeño y que una noche de jarana y concierto escucha a Lalo Molfino, un guitarrista de extraordinario talento que hace renacer las esperanzas de Aspilcueta sobre la influencia positiva que la música criolla puede tener en la sociedad peruana como elemento de unión y hermandad.

Sin embargo, ocurre un hecho inesperado: Lalo Molfino, el guitarrista, fallece. Este suceso llevará a Toño Aspilcueta a escribir un libro sobre la vida de Molfino, cuyas páginas también desarrollarán la teoría utópica de la música criolla como elemento unificador de nuestra sociedad.


***

Otros apuntes sobre la novela


1. Aquí les dejo el link del artículo La revolución silenciosa publicada en la revista Vuelta (1987).

2. Y este es el link al artículo Un champancito hermanito publicado en su columna Piedra de Toque (1983).

3. Si hacen la comparación con el capítulo XXVI observarán que el autor quita o aumenta algunas palabras u oraciones. Lo curioso es que Vargas Llosa deja el párrafo dedicado a los escritores huachafos cuando no se detalla que Azpilcueta tenga una afición por la literatura. Pero tampoco podemos negar al personaje de la novela su conocimiento en las letras, pues Azpilcueta es un asiduo visitante de la biblioteca nacional.

4. Por otro lado, es curioso el trauma con las ratas de Azpilcueta. En el libro Aquellos años del Boom de Xavi Ayén se cuenta que Vargas Llosa, mientras vivía en Londres, tuvo un serio problema de infestación de ratas en su vivienda. A continuación transcribo lo leído en el libro:

[...] vivió en circunstancias tan estrechas, tan míseras, que su casa consistía en dos cuartos amoblados —él se encerraba en uno mientras su mujer trataba de mantener a los niños en relativo silencio para que en el cuarto contiguo Vargas Llosa pudiera concluir Conversación en La Catedral—, donde todo el tiempo que les dejaban libre el trabajo y el cuidado de los niños lo pasaban cazando ratas que infestaban el piso, y cuando no estaban cazándolas, hablando de ellas: cuántas viste ayer, me parece que hay una debajo de la mesa, yo maté tres, se comieron el pan, etc.

 

Miriam Gómez, viuda de Cabrera Infante, me lo confirma:

Yo era la que cazaba las ratas, la pobre Patricia era muy joven y no sabía cómo hacerlo, yo llegaba armada con un palo a su casa e iba a por ellas. No era por pobres, es que en Londres había muchas ratas, vivíamos al lado del metro y los roedores subían a buscar comida. Los Vargas estaban obsesionados con las ratas, pero es normal, ¿no?


Al parecer, aquella obsesión vivida en Londres Vargas Llosa se lo traspasa a Azpilcueta.

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